Un 18 de abril de 1955, mientras en el hospital de Princeton proliferaba una caótica muchedumbre mediática y mientras los correveidiles se encargaban de agigantarla con la noticia que acaecía esa mañana, el que podría ser un periodista o simplemente fotográfo, decidió no hacer parte de tan extravagante hacinamiento y optó por dirigirse al edificio donde se encontraba su oficina.
Aprovechando que era más fácil obtener la ayuda de los demás con un buen trago que con dinero, compró una botella de whisky y por supuesto, sin muchos óbices, seguidamente la prudencia y discreción del superintendente, quien sin ningún problema le concedió el acceso al despacho para tomar unas cuantas fotos. Tomó varias, entre esas la que encabeza este post.
Pipa, cenicero, tiza, objetos y muchos papeles revueltos en un relativo desorden.
Albert Einstein había muerto.
Él estaba registrando los últimos momentos de su pensadero mientras los demás se peleaban por registrar su defunción.

Un 18 de abril de 1955, mientras en el hospital de Princeton proliferaba una caótica muchedumbre mediática y mientras los correveidiles se encargaban de agigantarla con la noticia que acaecía esa mañana, el que podría ser un periodista o simplemente fotográfo, decidió no hacer parte de tan extravagante hacinamiento y optó por dirigirse al edificio donde se encontraba su oficina.

Aprovechando que era más fácil obtener la ayuda de los demás con un buen trago que con dinero, compró una botella de whisky y por supuesto, sin muchos óbices, seguidamente la prudencia y discreción del superintendente, quien sin ningún problema le concedió el acceso al despacho para tomar unas cuantas fotos. Tomó varias, entre esas la que encabeza este post.

Pipa, cenicero, tiza, objetos y muchos papeles revueltos en un relativo desorden.

Albert Einstein había muerto.

Él estaba registrando los últimos momentos de su pensadero mientras los demás se peleaban por registrar su defunción.

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  1. curlymess posted this